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Es el nombre Marzo 4, 2008

Posted by adeavendetta in Uncategorized.
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En el año 1997, el Partido Popular redactó una propuesta de ley de parejas de hecho que contó con la oposición de toda la cámara y de todos los colectivos sociales que por aquel entonces pedían el reconocimiento de los derechos civiles de las parejas homosexuales. El proyecto de ley popular presentaba una ley descafeinada, un pequeño pacto a la francesa que se limitaba a reconocer algunos aspectos económicos de la unión entre dos personas del mismo sexo, mantuvieran o no una relación afectiva. La Iglesia bendijo aquel proyecto porque, decían, “no habla de uniones en clave de sexualidad y, por lo tanto, no ofrece implicaciones morales de ningún tipo”. Unos meses después, el PP y sus socios nacionalistas catalanes (en aquella época en la que estaba de moda hablar catalán en la intimidad y el PP no rompía España), rechazaron el proyecto de ley y volvieron al blablabla de las excusas sobre no sé qué de crear una comisión para no sé cuál. Ya con la mayoría absoluta en el bolsillo, el Partido Popular en el gobierno rechazó en incontable ocasiones proyectos de ley que planteaban el reconocimiento de algunos derechos civiles para las parejas homosexuales (pero no todos). Todos sabemos lo que pasó después.

Si traigo aquel proyecto de 1997 a colación es porque creo que resume a la perfección la filosofía de la derecha española ante lo que representamos las maricas de España, y porque la clave está, además, en las palabras que recoge ese enlace sobre las reacciones de la Iglesia de entonces. Graciosamente, así a lo liberal, se planteaban concedernos graciosamente “algunos” derechos (los que más o menos a ellos les saliera de los cojones) pero sólo en lo económico: comprar y vender una propiedad, quizás (sólo quizás) declarar conjuntamente en Hacienda, y poco más. Derechos sanitarios, inmigración, viudedad, etc. etc. etc. quedaban fuera porque consideraban que (1) aquello le iba a salir muy caro al Estado (como si maricas y bolleras no lleváramos siglos pagando impuestos) y (2) porque esos son derechos intrínsecos al matrimonio, una institución heterosexual basada en el afecto y el amor. En aquel proyecto del 97, el Partido Popular se negaba a reconocer explícitamente la dimensión afectivo-sexual de nuestras relaciones y en consecuencia se negaba a reconocer que nuestras uniones son, al menos en lo afectivo (sin tan siquiera entrar a hablar de derechos) iguales que las demás.

Y aquí radica el fondo de la cuestión. Porque ahora el Partido Popular, por boca de ese innombrable levantino adicto a los rayos UV, dice que no eliminará la “ley de matrimonios homosexuales”, pero que “cambiará el nombre”. Hoy ya he discutido con una amiga por este tema: una amiga que no votará y que con el tiempo ha declarado su intención de casarse con su pareja actual. “Sólo quieren cambiar el nombre”, me ha dicho, “y no van a quitar la ley”. Mentira. Mentira. Mentira mentira mentira. Lo que el Partido Popular no explica y los analfabetos políticos se niegan a entender es que no existe una cosa llamada “ley de matrimonios homosexuales”. Lo que existió fue una reforma del código civil que exigió modificar DOS PALABRAS para que, de un plumazo, las parejas homosexuales tuviéramos los derechos que nos han sido negados durante siglos. No se hizo ninguna ley especial para nosotros: simplemente, se amplió la existente y se nos incluyó en ella. Pero es que además es una auténtica falacia y un verdadero despropósito jurídico decir que “sólo van a cambiar el nombre”. Porque cambiar el nombre implica, necesariamente, cambiar los derechos adquiridos, y naturalmente implica ir a peor. El Partido Popular utiliza la estrategia del nombre para no reconocer lo que hay: que son un partido homófobo, lleno de maricas y bolleras armarizad@s hasta las trancas que tiran piedras contra su propio tejado y que se niegan a reconocer que nuestras uniones no son ni mejores ni peores que el resto, sino exactamente iguales que las demás. Con los mismos derechos, pero también con las mismas obligaciones.

Si el Partido Popular consigue formar gobierno, todos sabemos lo que pasará: (1) llevarán a cabo una reforma del Código Civil que retrotraerá la ley al estado anterior a la reforma del 2004; (2) propondrán una ley de parejas de hecho descafeinada a la francesa, que reconocerá una serie de derechos muy limitados, de aspecto fundamentalmente fiscal, quizás herencias, y poco más; (3) todos los demás derechos (inmigración y extranjería, seguridad social, pensiones de viudedad, y por supuesto el derecho a la protección jurídica por vía de adopción de los hijos ya existentes dentro de familias homoparentales) se quedarían en el tintero y exigirían reformas legislativas individuales (es decir, ir ley por ley) que el Partido Popular se negaría a modificar con los pretextos más peregrinos (como por ejemplo que “el reconocimiento de las parejas homosexuales hará quebrar a la Seguridad Social”, como dijo Gabriel Montoro en el 2004). Remolonerían y remolonearían, y mi apolítica amiga y su pareja se quedarían a verlas venir: ni podrían casarse, ni podrían establecer un régimen económico a su gusto, ni podrían, básicamente, disfrutar de los derechos consustanciales a una convivencia afectivo-sexual como los que gozan los heterosexuales.

No me sorprende ver a lesbianas caer víctimas de este discurso. Después de todo, la incultura política y el pasotismo tienen como resultado una falta de conciencia feroz y terrorífica de los propios derechos. Nos quedamos tan contentos mientras Rajoy, Rouco y la madre que los parió a todos ellos deciden en sus despachos qué podemos y no podemos hacer con nuestras vidas; les permitimos con nuestra inacción que sigan tramando cómo negarnos un reconocimiento que, sintiéndolo mucho, solamente nos ha llegado de la mano de José Luis Rodriguez Zapatero y las fuerzas políticas que lo apoyaron. Veo lesbianas llamando “inútil” a un presidente que pasará a la historia por haber impulsado una de las medidas más valiosas, progresistas, y humanas que puedan imaginarse (tratarnos como sujetos de derecho iguales en derechos y obligaciones a los demás, ni más ni menos). Pues bien: yo le digo a mi amiga que puede quedarse en casa y no ir a votar; que puede pensar que son todos unos “inútiles” y ver cómo la situación revierte a lo que teníamos antes del 2004. Pero también le he dicho que cuando de aquí a dos años quiera celebrar su boda con su pareja, no llore si por “circunstancias de la vida”, resulta que ya no se puede casar.

Comeduras (de coño) populares Marzo 4, 2008

Posted by adeavendetta in Uncategorized.
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Aviso: este post es concienzudamente hiriente. Mucho. Y cabreante. Mucho. Y ofensivo que te cagas. Pues si te hiere, cabrea, u ofende, ajo y agua. Que estoy hasta el chichi del puto lavado cerebral de “se puede ser maricona y del PP”. Darlin, se puede ser maricona y del PP lo mismo que se puede ser culé y presidente del Madrid. Casi todo esto está sacado a mi manera de mi relectura de la Ética marica de Paco Vidarte, y como yo no soy tan lista como era él, os digo que mejor os leéis el libro.

Lamentablemente, entre mucha maricona sigue imperando la visión de que son los demás los que graciosamente “nos conceden” derechos. Que una marica bienpensante tiene que votar PSOE como forma de agradecimiento ante esa graciosa concesión que a la mayoría heterosexual le ha salido de la punta concedernos, como si nosotros fuéramos o hubiéramos sido un cero político a la izquierda que jamás hubiera abierto la boca, que nunca hubiera votado, que nunca hubiera pagado impuestos para mantener a sus muy heterosexualísimas familias. Pues no: los derechos no se “conceden”, los derechos se ganan a base de patadas (al armario y a la homofobia), de gritos contra el silencio y la invisibilización, y - lamentablemente - a base de votos. Cada cuatro años, el sistema solicita del españolito medio la única contribución que la inmensa mayoría del personal realiza a la vida democrática de este por otro lado cada día menos democrático país: ir a votar. Poner un papel en una caja. Esa es la contribución de muchos (y muchas) a la democracia. Ya ves tú. Muchas mariquitas depositan su voto por el PSOE, otras cuantas lo hacen por IU, otras se van a la playa en mitad de marzo, y otras votan al Partido Popular.

Bien. ¿Y por qué no se puede ser marica y del PP? Para una explicación amplia del asunto, mejor leéis a Vidarte, pero mi resumen resumido es más simple: las sodomitas neocon (esto es de Vidarte) que van por el mundo votando PP tienen el puto morro de follar como les sale del chichi para luego aprovecharse sucia y rastreramente de la lucha de otros a los que desprecian: las maricas combatientes, las maricas que no se callan, las maricas que luchan por los derechos DE TODOS mientras ellas, mariquitas finas, mariquitas ricas, mariquitas con clase pero sin conciencia de, no se ensucian en lo político y votan contra nuestros intereses. Contra los intereses de todo. Porque ellos son superlistos de la muerte y saben mogollón que te cagas de economía, o porque son nacionalistas españoles y se corren españolísimamente cuando oyen a Rajoydi hablar de “España” o escuchan a Manolo Escobar o por lo que sea. Son sodomitas en prácticas: chupan pollas y comen coños en privado (o en los baños del Escape o en un cuarto oscuro o en su casa cuando pagan a un chapero), pero en público van de mariquitas guapas, bonitas, de mariquitas correctas y educadas, “discretas” es la palabra. Que no se ensucian ni el culo ni las manos, porque no, ellos (y ellas) no son como nosotras las maricas sucias y gritonas que los avergonzamos en público, esas a las que acusan de “hacer ostentación de” o de “ir con la bandera a todas partes”. Esas maricas como yo que, por haber llegado a tener conciencia de sí mismas, ya no se callan, ni quieren ser limpias, ni modositas, ni quieren que las maricas neocon se vayan de rositas y quieran hacernos creer que votar PP es una opción “respetable”. ¿Respetable? El respeto, si no empieza por el respeto hacia uno mismo, no existe (pero de esto escribiré otro día).

Así que lo voy a decir bien claro: alguien que vota PP, o más bien alguien que vota a este PP, es mi ENEMIGO, es una persona que lucha con su voto contra mi dignidad, mis derechos, contra lo más básico de mí. Que os follen (y que os follen mal): ni os entiendo, ni os respeto. No me pidáis mi “respeto” cuando ni siquiera respetáis ni mi coño, ni mi conciencia. El PP es hoy un por hoy un partido homófobo y cercano a la extrema derecha, nacional-católico y profundamente antidemocrático. Vota PP y votarás “sí” a la homofobia, la discriminación, la desigualdad institucionalizada. Otra vez. Y yo ya estoy muy vieja para que las maricas limpias me digan cómo tengo que vivir o los derechos que puedo o no puedo tener.

Si votas PP, si te identificas con ese partido homófobo, rancio, casposo, etc. entonces no eres sólo una puta marica: eres una puta marica colonizada. Eres una marica pillada por los huevos, pillada por la mente, pillada en lo más íntimo de ti. Eres una marica que ni siquiera sabe lo que es ni quién es. Si votas PP, si votas a este PP (el homófobo y casposo, frente al PP liberal, moderno, más o menos aceptable y progresista, el PP de Villalobos, Calomarde, María Pía, o Manuel Pimentel), entonces no me pidas mi respeto ni pretendas que me tome unas copitas contigo mientras decimos lo guays que somos por ser bolleras o lo chachi que es tener un bolloblog. Si votas PP, eres (recuérdalo) mi e-ne-mi-g@. Y yo de enemiga soy una maricona hija de puta con todas las letras que no se va a callar.

Pensamiento post-post: ya me han llegado los primeros comentarios por vía privada. Desde el “joder tía cómo te pasas” hasta el “sí, eres mona y moderadísima”, o el “eres bestia”. Ya lo sé. Podría haberme callado, o no haber escrito, o haber escrito un post “moderado” porque “hay formas y formas”. Eso ya lo sé. Pero precisamente es la forma lo importante. No quiero ser limpia. No quiero ser educada. No quiero ser “moderada” ni “respetuosa”. No quiero quedar bien. Quiero que el que lo lea y se sienta aludido lo sienta como un bofetón en la cara, o en plan más guarro, como un escupitajo. Porque creo que hay cosas que deben ser dichas, y deben ser dichas así. Porque ya no se trata de abstracciones, sino de ver cómo la gente que me rodea justifica con argumentos moderadísimos y bienpensantes la homofobia, el racismo, la exclusión, la institucionalización (otra vez) de la desigualdad. Y no me da la gana tragar. No me da la gana que ganen la batalla. No me da la gana que me pisoteen muy dentro, y que lo hagan con la excusa de que en el fondo “me respetan”. No, tú no me respetas. Tú quieres acabar conmigo. Quieres acabar con lo que soy. No quiero ser amable ni llegar a compromisos intermedios para no ofender a sus señorías bienpensantes, no quiero que nadie me abra la puerta y me diga “Señorita, usted primero” como si me estuvieran haciendo un favor. Quiero abrirla yo, aunque la tenga que abrir a patadas. Y es eso, y sólo eso, lo que en la mayoría de las ocasiones me hace sentir profundamente sola.